Fenómenos accidentales
Una pareja acaba con el pan de gamba mientras charla sobre algo relacionado con la televisión.
Se supone que el pan de gamba viene en algo así como una medallita. Parece ser que luego se hidrata y al volcarlo en aceite hirviendo explota. Un poco lo mismo que la oficina del SEPE a primera hora de la mañana, con la pantalla de turno parpadeando a cero.
El hombre que disecciona en soledad un rollo de primavera se llama Pepe, que rima con SEPE, pero la pareja joven no ha reparado en él. En lo que sí se fijan es en la mesa de al lado.
Ella con el pelo rubio, del tono denominado “ceniza” en las cartas de color que olían a fortuna. Él apoyado en un bastón. En seguida viene la camarera a tomarle nota. Piden del menú los grandes clásicos, coca cola zero para los dos.
De repente, el hombre que está solo se levanta y atraviesa el local. Es grande, una mole con dos o tres lamparones de salsa.
Hombre, Enrique. Que soy Pepe.
La mujer rubia deja el vaso en la mesa y el sonido de los hielos apostilla la afirmación.
Los de al lado conectan de alguna forma con lo que sucede a continuación. Su charla queda flotando.
El hombre mayor reacciona tarde pero de una manera que solo se puede calificar como profesional: apretón de manos y una disculpa por no levantarse pero la pierna. Ya sabes, pero
Pepe, no caigo. De qué
Enrique, de Mediaset.
Ah, vale. Claro. Tú estabas en, si ya decía yo que siempre estabas en
En mi casa, cada día. Es que no faltaba ni uno.
El hombre mayor suelta la mano como si cayese de repente en la cuenta de que lo que sostiene es un pez.
La mujer rubia mira al hombre entre divertida y ausente, como si aún desprendiese cierto aire de familiaridad.
Eres un crack. Qué crack, Enrique. Aquella vez que te hicieron ese careo ahí, con todos en el plató en contra y tú dale, pudiendo con todos.
Y remata con golpes de boxeo que lanza al aire con sus brazos cortos de T Rex.
Si es que yo siempre lo he dicho. Enrique es un caballero, un señor de los pies a la cabeza. Un español. Qué cojones. Un tío con clase.
Gracias, hombre. Pero entonces no eres de Mediaset.
Qué voy a ser yo de Mediaset. Yo trabajo en el SEPE. En la oficina de Goya. Ahí estoy todas las mañanas como un clavo.
Pero anda. qué casualidad, Pepe. Justo del SEPE veníamos.
La mujer rubia asiente y ocupa una silla en el ominoso plural con el que la han bautizado de repente.
A ver si puedes ayudarnos. Siéntate. ¿Quieres una coca cola?
La pareja espectadora ve cómo Pepe se sienta entre Enrique y la mujer. Casi no pueden creerse la suerte. La conversación de hace un rato se personifica en la mesa de al lado, como esos monstruos que nacen de un tubo dosificador, de una pasta dentífrica informe. Tiene tres cabezas y da cuenta de un plato de tallarines con gambas.
A mí los que de verdad me han sabido apreciar son los italianos, aquí son todos una panda de catetos. Allí he vivido yo muchos años. Casi italiano me considero, qué no dirías tú que tengo yo algo de eso.
Pepe traga, mira a Enrique y asiente aunque no tiene ni idea de por dónde va el tema.
El caso es que uno ya se va haciendo viejo, mira qué bastón. Un asco. Y lo de trabajar pues a mí me llaman para un encontronazo así rápido y voy, pero eso de estar ahí cada tarde. Entonces estoy arreglando papeles y me dicen que no he tributado. Yo, que prácticamente soy historia de este país con el plato chino. Pues ni chino ni filipino. Que ni un euro me dan. Entonces si tú, Pepe, me puedes ayudar en la oficina de Goya con una cita especial. Pues yo te lo agradecería, claro que sí. O a lo mejor conoces a alguien.
Pepe estira mucho el cable, se levanta y da una palmadita en la espalda a la estrella de la televisión. Definitivamente es su día de suerte.
Verás cuando me vean contigo en el arco de seguridad. Mañana a las ocho. De lo tuyo pues te sacas ticket o yo que sé. Italia, eh, tiiiinoninoníiii
Pepe se aleja, se pierde entre las mesas, vuelve a su ternera con bambú haciendo las cuentas del número de famosos con los que se ha echado una foto. Siempre con el pulgar hacia arriba, muy cerca de la cara de su rehén.
La pareja joven no necesita galletita de la suerte. A veces la vida puede ser maravillosa.
Tendederos. Génova, Italia, 1946. Werner Bischof.
La primera vez que me encontré con la expresión “calla, que hay ropa tendida” fue en un libro de Manolito Gafotas. La decía la madre (creo) al abuelo (yo no conocí a mis abuelos pero los imaginaba así, con su navaja de Mota del Cuervo) para cortarle un comentario inoportuno sobre las herencias.
Se usa de forma disimulada, para dar esquinazo a alguien que escucha y que no debería asistir a ciertas informaciones. Pero hay personas nacidas para ser el cesto entero que presencian sin querer intercambios poderosos, conversaciones pochas, encuentros más allá de lo que linda en el tiempo y los espacios.
🔮 Hay una cita de Oscar Wilde en El estrecho de Bering (Emmanuel Carrère) que dice “Arrepentirse de una acción ya es modificar el pasado”. No hay rastro fiable, y es mejor así.
🌟No dejo de recomendar La vida breve (2025), miniserie de Cristóbal Garrido y Adolfo Valor. Una fantasía con tentativas ucrónicas.
Ahora Desquiciario es un fanzine de tirada exclusiva por iniciativa de Pedro Toro, con diseño de Jabi Medina. También puede ser tuyo, sólo escríbeme.
Gracias por leer 🌪️


